domingo, 15 de enero de 2012

El equipo de Jim Harbaugh

Si al final de la temporada pasada Alex Smith se iba de San Francisco, ¿Adónde habría ido? ¿Adónde habría podido ir? ¿Y quién lo habría acogido o extrañado? ¿Quién?
Si Alex Smith se iba de San Francisco al final de la temporada pasada, ¿Cuántos milagros habríamos perdido de vista? ¿Cuánta gente creería hoy en milagros? ¿Cuántos de nosotros podríamos contar una gran historia?
Porque si se da en contarla, la contaremos y nos escucharán. Porque es cierta. Porque sucede en América y sucede casi siempre. Aquel que viene de abajo y termina arriba. Ese caballo negro a quien nadie apuesta y que lo lanza todo justo al final. Ese otro que va por la parte de afuera y llega más lejos. El outsider que se mete bien adentro. Casi seguro hasta el touchdown. El que se iba al final de la temporada pasada, y queríamos que se fuera, y al final no se fue, sino que llegó. Aquel que ayer era pifiado y hoy no lo dejan de felicitar. Entonces, esto sucede solo en América. ¡Por la puta madre! Only in America, entonces.

La defensiva de San Francisco es la primera que se hace notar en el juego, al parar una oportunidad de touchdown entre las yardas dos y tres de su propio campo. Donte Whitner deshace al recibidor en un choque brutal entre casco y casco, terminando por forzar en la misma jugada, el fumble que les da la primera posesión a los niners.
La jugada, aunque poco vistosa, es esencial para los intereses de San Francisco, porque significa varias cosas a la vez; primeramente, evita la anotación del rival, detiene a su vez en seco, el primer avance liderado por Brees, y esencialmente es importante, porque deja fuera del juego a un jugador peligrosísimo como Pierre Thomas.
La lesión del corredor de New Orleans le da más vida a los “muertos” de San Francisco. Los niners reciben su primera paga al inicio de la historia y aquella resulta siendo cuantiosa.

San Francisco es una máquina en el primer cuarto del partido y una máquina perfecta en la defensiva del mismo cuarto.
Logran una intercepción y le generan dos fumbles al rival. Y dejan a las puertas del touchdown a su ofensiva en dos oportunidades.
Los 49ers crean en ese mismo tramo, las dos primeras sociedades ofensivas en el partido. Una es buena, la otra perfecta. Alex Smith se une a Michael Crabtree en la primera. Y el mismo Smith, encuentra oro con Vernon Davis en todas las colinas donde entierran el pico y la pala.
Smith y Davis logran completar un pase y posterior corrida de 49 yardas. El primer touchdown del partido. La primera bolsa de un mineral que vale más que el oro.
Smith y Crabtree conectan para la segunda anotación de San Francisco. Los niners acaban el cuarto con un marcador de catorce a cero a su favor y con el balón en su poder dentro de territorio enemigo. Esto ya no es oro, ni un mejor mineral, esto es perfección.

Los Saints en el primer cuarto han sido equilibrados en todas sus líneas. A ellos los ves errar con la ofensiva, el quarterback, los equipos especiales y la defensiva. Mientras más lo intentan los de NOLA, más se enredan en errores. Todo eso en el primer cuarto. Porque llegado el segundo cuarto, todo vuelve a cambiar.
Brees empieza a conectar con su ofensiva. Primero un pase corto, luego una puntada sin hilo. Luego otro pase. Y otro más. Hasta llegar finalmente al primer touchdown. Pase de Brees a Graham que se eleva como si jugara básquet (y lo juega). 17-7 a favor de San Francisco.
La defensiva de New Orleans empieza a funcionar de una manera intensa y le provoca a San Francisco el primer bache en su juego. Los 49ers no pueden avanzar y tienen que patear la pelota.
Los Saints con gran concentración por parte de Arrington logran avanzar hasta la yarda treinta y dos de San Francisco en una siguiente oportunidad. Lo siguiente, es la conexión entre Marques Colston y Drew Brees para lograr un touchdown que parecía imposible al comienzo del segundo cuarto. Hacia la esquina derecha del campo, hacia la esquina donde se empiezan a arrinconar todos los temores pasados de New Orleans. 17-14 a favor de los 49ers al finalizar la primera mitad.

El tercer cuarto es casi como la calma antes de la tormenta. Las defensivas de ambas formaciones son las que prevalecen sobre las ofensivas de los contrarios. Es excepcional el trabajo de Carlos Rogers para evitar que Brees encuentre a sus corredores libres.
Y es más que excepcional, el trabajo que han venido realizando los equipos especiales de San Francisco. Liderados por sus pateadores David Akers y Andy Lee, logran encajonar la ofensiva de los Saints en el fondo.
Y cuando no la logran encajonar, le inducen al error. Ya que luego de las patadas de Lee, uno observa a una jauría de lobos abalanzarse sobre la única presa escogida. Y provocar el fumble del contrario. Aquel error le permite a Akers hacer su segunda anotación de tres puntos en la tarde. San Francisco se mantiene adelante al final del cuarto con un marcador de 20 a 14.

El último cuarto empieza con los aperitivos de Akers y Kasay; ambos anotan sus respectivas chances para sus equipos. Por parte de Akers, es su tercera anotación de tres puntos en el día. San Francisco va adelante por 23-17.
Hasta aquí, es el partido que buscaban los 49ers. Es el terreno de las defensas con Smith & Smith avanzando sobre los rivales para intentar coger a Brees. Es la respuesta de la defensiva de New Orleans para detener en seco las chances de un touchdown para San Francisco.
Hasta la última patada de Akers, las defensivas son las que ganan el partido. Es terreno de los 49ers, cuando Justin Smith levanta como un saco de papas a Jermon Bushrod y logra juntarlo con el propio Brees y tirarlos a ambos al suelo. Jermon Bushrod pesa 45 libras más que el defensivo de los 49ers. Pero eso no le evita ser un saco de papas al lado del gran Smith. O ser mejor aún, la carne aplastada entre el enorme esfuerzo de Smith y el talento magullado de Brees. Un nuevo tipo de hamburguesa sirven en Candlestick Park faltando tan poco para el final.
Las defensivas de ambos equipos lo dan todo y se acaban, dándolo todo. Se acaban.

Brees es un caso especial. Nunca frota una lámpara para un deseo, lo que hace es frotar sus manos. ¿Deseo cumplido? En Brees es casi una orden. Y un orden. Una manera de ser.
Su talento le permite ubicar a Sproles para lanzarle un pase perfecto. Mientras avanza el corredor en territorio enemigo. Brees no deja de frotar sus manos. Hay un clima templado en San Francisco. Pero lo que busca Brees es un deseo. Una orden. Un orden. Un touchdown para los Saints.
Por primera vez en el partido, las predicciones de los apostadores aciertan. Los Saints se ponen adelante 24 a 23.

Los 49ers juegan ahora el juego propuesto por los de Nueva Orleans. El juego de ataque y más ataque. La creatividad exprimida hasta el máximo. El tipo de juego que todos dudan o niegan en Alex Smith.
El quarterback de San Francisco confía en la capacidad de Vernon Davis para lanzarle el balón y hacerlo que corra treinta y siete yardas.
El dictado usual de los niners habría determinado no avanzar, ni arriesgar en demasía. Y más, luego del error que los hace retroceder hasta la yarda veintiocho. El juego de siempre les habría ordenado preparar a Akers para ponerse adelante por dos puntos.
El dictado usual les habría señalado no confiar en Smith. No darle la responsabilidad en el 3rd down y con dos minutos para el final. El dictado usual no lee nunca a Alex Smith. Ni descubre el gran quarterback que puede llegar a ser.
El dictado usual no espera una corrida de veintiocho yardas de Smith hasta el touchdown. ¿Dónde en el libro de los 49ers ocurre eso? ¿En qué página del libro grueso de jugadas de Harbaugh se encuentra esa corrida? No hay un fin al final de libro después de esto. Ni para San Francisco, ni para New Orleans. 29-24 a favor de los 49ers.

Brees tiene algo más de dos minutos para cambiar la historia. Las defensas están abiertas y cansadas. Hay el tiempo suficiente para avanzar de a pocos hasta la yarda treinta de su campo. Y de allí lanzar un pase al centro para el “basquetbolista” Graham. Aquel con su tamaño, lo hace ver todo tan fácil. Incluso el touchdown ganador.
Brees frota una vez más sus manos para logra la siguiente conversión en el marcador y dos puntos extra. 32-29 a favor de los Saints faltando menos de dos minutos para el final del partido.

Alex Smith ha hecho lo suficiente hasta aquí. La gente que no confía en él está sorprendida con lo que ha visto en Candlestick Park. Lo máximo que puede anhelar ahora es un empate para llevarlo todo al overtime. Necesita acercarse lo suficiente para poner a Akers a tiro de gol. Pero eso es harto difícil. Están en la yarda quince de su propio campo y el reloj marca un minuto y treinta dos segundos para que se termine todo. Cuentan con solo un tiempo fuera para parar el reloj y nada más. Nada más.
Hay un ambiente raro en San Francisco. Un ambiente que los más jóvenes creen tragedia por lo enrarecido de la atmósfera. Y que los más viejos aún no pueden determinar. Aquellos dudan que suceda otra vez. Los han convencido durante años que Alex Smith no es ningún Joe Montana o Steve Young. Ni siquiera por un día. Ni siquiera en el último empuje o jugada del partido. No, Alex Smith no es Joe Montana. Los han convencido. Se los han martillado en la cabeza y los han convencido.

Un minuto con treinta y dos segundos. El reloj está parado. Alex Smith al recibir el balón, retrocede hasta la yarda siete de su campo para lanzársela a Gore. El corredor avanza siete yardas, pero no detiene el tiempo. Todavía falta para un primer down y falta mucho más para llegar a territorio enemigo.
Smith escoge de nuevo a Gore en la siguiente jugada y se la vuelve a lanzar. Ya están en la yarda treinta y tres de su campo. Un primer down para seguir con vida. Pero el reloj no se detiene. Queda ya menos de un minuto. Los Saints empiezan a celebrar fuera del campo. Smith no es Montana. A ellos también los han convencido de eso.
El quarterback de San Francisco se la lanza larga a Swain, que no la puede coger. El tiempo se detiene faltando cuarenta segundos. Hay tiempo para pensar. Para dudar. Y para atacar.
Smith se acuerda de su sociedad perfecta con Vernon Davis. Reúne a toda su ofensiva y se los cuenta. Han encontrado oro o algo mejor. Todos asienten. La próxima jugada será hacia Davis. Y Davis corre, corre hasta recibir el balón que vuela. Y sigue corriendo hasta volar y ser detenido en la yarda veinte de los Saints. Ya están a tiro de gol de campo. Akers se empieza a preparar. Nos vamos a overtime. Esto es un milagro. El empate que se avecina sabe a milagro.
Smith se la lanza a Gore y aquel tiene una mala decisión al avanzar por el centro del campo, sin intentar parar el reloj. Smith hace que se le caiga el balón para pararlo en la siguiente jugada. Son catorce segundos los que quedan. Están en la yarda trece de los Saints. Tercer down.

Smith ordena empezar la jugada y se la dan. La decisión es un secreto para el público en las gradas. Pero algo saben los viejos y algo presienten los más jóvenes. Unos y otros lo han visto en sus sueños. Lo han visto antes con Montana y Young. Han soñado con esas jugadas durante años. Han tenido pesadillas también. Lo años malos de San Francisco están a punto de terminar…Smith lo observa a Davis correr al centro y pisar la línea de touchdown, se la lanza entonces. El defensivo de Nueva Orleans le revienta la espalda a Davis, pero el de San Francisco mantiene firme el balón contra su cuerpo. Se revuelca con su marcador en el suelo y luego se levanta…tiene el balón en sus manos. Tiene un mundo diferente en sus manos. Faltando nueve segundos en el marcador, San Francisco se pone adelante 35 a 32. Akers aumenta un punto más en el tablero. Marcador final: 36 a 32 a favor de San Francisco.
Alex Smith no es Montana, ni Young. Nunca los será. Antes por omisión y falta, hoy ha salteado esa página, la ha volteado. Alex Smith es Alex Smith, quarterback de los legendarios 49ers. Había material para soñar y ahora también existe lo concreto y lo real. Todo gracias a los jugadores de San Francisco, y entre ellos su quarterback. Todo gracias al hombre detrás de todos ellos…Jim Harbaugh.


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martes, 13 de diciembre de 2011

El año de Akers

Los 49ers son un rompecabezas inusual. Pues mientras más avanzas en él, más difícil se torna de completar. Pues mientras más piezas unes y juntas, más complicado se torna de terminar.
Los 49ers son un rompecabezas inusual. Un rompecabezas que se convierte en dos figuras completas y armadas, y en una más grande, que no se cohesiona, que no se pega y que no se une.
La defensiva está hecha y anda. Los equipos especiales y Akers están más que completos y aceitados. Y la ofensiva…bueno, ¿y la ofensiva?

Tenemos en ella a Smith, que pasa por su mejor año con diferencia. Contamos con Gore, que una vez más ha pasado la barrera de las mil yardas acarreadas en una temporada. Y tenemos a Crabtree. Corrijo: tal vez tengamos a Crabtree y tal vez no tengamos al resto. Aún no.
El juego ofensivo de San Francisco se ha vuelto demasiado monótono. Todas las piezas buscan unirse en el mismo orden en el cual fracasaron anteriormente.
Donde la mano del entrenador ha triunfado en juntar las partes de la defensiva, allí también ha fracasado en la formación ofensiva, y ha terminado por pegarse las manos y los dedos, antes de unir el juego de ataque en algo coherente y que funcione de verás.

Totalmente empantanados en las últimas yardas, han confiado en demasía en la destreza de Akers. Y lo mejor de ello, es que la destreza de Akers no los ha defraudado. ¿O será ello acaso, lo peor de todo?
Ayer, el pateador de los 49ers logró anotar su gol de campo número treinta y seis, siendo aquel, un record de temporada para el jugador de San Francisco.
Akers acaba de cumplir treinta y siete años, y tal vez este último año de su carrera sea el mejor de todos los que ha tenido.
Increíble, ¿no? Sí, tan increíble como que la ofensiva de los 49ers ocupa el lugar vigésimo sexto de treinta y dos equipos en total, a la hora de conseguir yardas.
Les digo algo más, hagamos con la mente algo mucho más radical y pretendamos sacar a Akers del equipo (somos Dios o Harbaugh en este momento) para poner a otro en su lugar (cualquier pateador decente) y la posición décimo segunda en puntos conseguidos se vería gravemente mellada.
Los 49ers son los campeones de su división, tienen un record de diez victorias en la temporada, pero su ofensiva aún no pega.

¿Faltan piezas o faltan combinaciones de las mismas en la ofensiva? ¿Magia? ¿Alguien dijo magia?
Jim Harbaugh ha logrado que este equipo despegue, lo que no ha logrado aún, es que este equipo vuele. Lo que vemos de aquel en este momento, es un impulso, un salto gigante, un “great leap forward”, pero aún no vemos el vuelo, la levitación, la magia.

Los Cardinals de Arizona se encargan de detener el avance del equipo de la bahía. De descubrir sus deficiencias en la defensiva.
Sí, existen. Sí, no son muchas; pero existen. Existen lo suficiente para perder un partido que parecía ganado. O que estaba casi ganado. O que estaba lo suficientemente asegurado y alejado en el marcador para ser siquiera luchado.
Y fue luchado. 21-19 a favor de Arizona. Tres touchdowns de los Cardinals contra uno solo de los 49ers. Sumemos luego los cuatro goles de campo de Akers.
¿Fue luchado entonces? ¿Podemos decir eso? Podemos decir demasiadas cosas de San Francisco. Porque mientras más lo analizamos y más piezas unimos a ese análisis, más nos damos cuenta que estamos armando muchas cosas a la vez y no una sola que esté unida del todo.
La ofensiva por un lado, la defensiva por el otro y Akers teniendo su mejor año.

La fotografía o el rompecabezas sabe ser más grande, solo que la imagen no suele ser tan profunda. Puede ser el mejor año de Akers, pero no es el mejor año de San Francisco.
Los 49ers no vuelan, ni levitan, como en los años ochenta o noventa. Solo dan grandes saltos; saltos gigantes. Desordenados, irregulares, humanos. Tal vez no sean los mejores saltos. De seguro no batirán records o llevarán al equipo a un Super Bowl. Pero serán lo suficientemente buenos para prestar atención. Y prestaremos atención. Y también en el transcurso, esperaremos.
Esperaremos que la ofensiva amalgame y se cemente. Esperaremos lo suficiente, para que el puzle se resuelva y se complete. Lo suficiente para intentar con un distinto orden. Tal vez el puente Golden Gate deje de unir Sausalito con uno de los lados de la ciudad y pase a apuntar al cielo, uniendo lo terreno y lo eterno. O tal vez sea el equipo de la ciudad, quien empiece a apuntar mejor el destino de los pases de su quarterback. Allí tal vez, en las manos de Crabtree y de Gore, empiece el cielo de San Francisco. Un cielo distinto. Un cielo más humano. Un mejor cielo.


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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Los 49ers se vuelven gigantes

La importancia de Frank Gore es pasible de ser medida. Pases recibidos, yardas avanzadas y touchdowns convertidos, son notas que no necesitan de mayores esfuerzos de explicación. Sí, la importancia de Frank Gore es medible. Esto es fútbol americano. Un juego lleno de estadísticas, y de un control compulsivo y al milímetro de las mismas.

La importancia de Frank Gore no es pasible de ser medida. El momentum e ímpetu que traen sus apariciones en el resto del equipo y en el contrario, se pierden al trazar la línea de la suma. Solo se prevén o presumen que son grandes sumas; muy, muy grandes.
Sí, la importancia de Frank Gore no es medible. Esto es fútbol americano. Un juego lleno de gestos imprevisibles, donde al humano se le permite ser humano hasta el último segundo.

El domingo pasado, Frank Gore es uno más en el campo, o uno menos en el mismo. En seis intentos por acarrear el balón, no logra avanzar una sola yarda. Y solo consigue ocho de ellas, al recibir un pase completo de Smith. Un poco más tarde, se va del campo lastimado. Seguramente, con muchas más heridas en su orgullo que lesiones en el cuerpo.

Sin el factor Gore, el juego se convierte en un ir y venir de ataques que culminan con ambos equipos convirtiendo goles de campo, en lugar de touchdowns.
Los New York Giants, al ser un equipo más ofensivo que el de San Francisco, van siempre más lejos en sus ambiciones que los 49ers; pero a su vez, son siempre detenidos en las últimas veinte yardas del campo.
El cuadro de la bahía es seguramente el mejor equipo defensivo del campeonato. San Francisco no ha permitido hasta el momento, un touchdown por acarreo en toda la temporada.
Harbaugh ha convertido el juego físico de sus dirigidos en algo extremadamente exacto y de rigor, donde al contrario no se le permite tener mayores alternativas a las ya conocidas, esto es: perder, perder y perder.
Aquí se hace importante la figura de Akers en San Francisco; el mismo que pateando de cerca o a distancia, se muestra casi infalible. Antes que los otros luzcan, Akers ha logrado cuatro goles de campo consecutivos y ha provocado a su vez, un robo de balón memorable, al patear en un saque de retorno hacia el costado del campo contrario.
El pateador, a sus 36 años, es el eslabón que completa la cadena. El lugar donde preferimos poner el candado para asegurar el resultado. San Francisco luego de volver del descanso se pone al frente del marcador con un 12 a 6.

Los Gigantes de Nueva York, reaccionan justo a tiempo para convertir el primer touchdown del partido casi al final del tercer cuarto.
Manningham es la extensión natural de los pases de Manning. Tal como los apellidos de ambos, el receptor es la continuación que su quarterback necesita para lograr la diferencia en Candlestick Park.
Alex Smith y compañía, aceptan el guantazo y el reto del visitante, arremetiendo con dos touchdowns y una conversión, en un lapso de poco más de un minuto.

San Francisco ha aprovechado una vez más los errores del rival. Los dirigidos por Harbaugh como tantas otras veces, logran con lo suficiente, volverse importantes.
Al frente tenían a un contrario con un quarterback excepcional, pero que cuenta en esa excepcionalidad, con la contradicción de muchos claros y oscuros en su haber.
Los 49ers apretaron los dientes y masticaron su bronca cuando les tocó aceptar los claros de Manning; y también se fueron encima y en contra del mismo cuando les tocó invadir y reinar sobre los tramos oscuros del quarterback de Nueva York.
27 a 20 es el marcador final en la bahía. Ocho victorias y una derrota para un equipo al cual nadie le auguraba mayor éxito en la temporada.
La sombra de los triunfos pasados de Montana y Young cae enorme sobre la tarde-noche de San Francisco, pero este humilde colectivo de jugadores está consiguiendo con su esfuerzo, lo que puede ser la mayor sorpresa en muchos años.
Ya le ganaron a los Gigantes de Nueva York, y el próximo partido es contra los Cardinals de Arizona. Tal vez para ese momento, los dirigidos por Harbaugh sean un poco menos sorpresa y un poco más gigantes en la opinión de su propia gente. Están a punto de merecerlo y solo a un punto de lograrlo en el marcador.


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viernes, 11 de noviembre de 2011

Los 49ers inician la remontada

En algún momento este equipo dejó de levitar, dejó de vencer a la gravedad. Dejó de ser aquel equipo que podía con todos en la temporada regular y podía con todos de vuelta en los playoffs. Nunca sabremos claramente cómo se quebró aquello. Y nunca sabremos cómo aquello se volvió a reparar.
Esta temporada tenía todos los ingredientes que se necesitan para un nuevo fracaso. El mismo mediocre quarterback de los dos anteriores años. Y casi el mismo equipo acompañándolo en sus desvaríos.
Para sumar a la comedia de errores que se esperaban, se contaba no solo con un nuevo entrenador, sino con un entrenador que debutaba profesionalmente en un puesto similar. Jim Harbaugh venía de hacer buenas temporadas en la Universidad de Stanford. Pero cualquiera que sepa algo de fútbol americano, sabe que las diferencias entre fútbol americano universitario y fútbol americano profesional, son casi tan grandes como las que se dan entre dos juegos enteramente distintos.
La tensión y presión en ambos vestuarios, son completamente contrarias, es como estar en dos atmosferas distintas, en dos planetas diferentes. Vencer la gravedad del vestuario de San Francisco, es simplemente triunfar sobre la gravedad y devorarse enteros a Newton y Einstein.

Mi primer acercamiento a este equipo legendario, fue algo así como la atracción o el empuje de todo un universo hacia la pantalla de televisión, y ocurrió cuando el apellido de uno de los jugadores de los 49ers me hizo voltear a observar un deporte que recién empezaba a entender a mis siete años de edad.
Y lo empezaba a entender, porque tenía que hacerlo. Habíamos migrado a mediados de los ochenta a la costa este de los Estados Unidos. A Rockville – Maryland, para ser más precisos. Y el deporte que dominaba los sueños de los chicos, más que ningún otro, era el fútbol americano.

A partir de la sacrificada y famosa huída de los Colts de la vecina Baltimore en aquel mismo año, el equipo que estaba llamado a llenar el vacío dejado en las vecindades del Distrito Federal era el de los Redskins de Washington.
Y aquellos lo pudieron haber llenado más que bien. Pudieron, porque los últimos dos años antes de nuestra llegada a Maryland, habían logrado ser campeones y subcampeones del Super Bowl. Pudieron, pero no lo hicieron. Al menos, no en mí.
En una ciudad como Rockville, que sabe más a suburbio que a ciudad, los sueños de los chicos tenían que ver siempre con el fútbol americano. Y los reyes de esos sueños pasarían a ser los Redskins, sin lugar a dudas.
En mi casa, aquello no era distinto. Padres e hijos, comenzaban a simpatizar con los pieles rojas de Washington (lo siguen haciendo). Padres e hijos, menos yo, que para ese momento ya era simpatizante e hincha de los 49ers.

Me hice simpatizante del equipo de San Francisco desde la primera vez que los vi por televisión. Para coincidencia mía y de la historia que cuento, esa primera vez sucedió en el segundo partido de la temporada regular. Sus rivales, eran claro, los Redskins de Washington.
Todo es magia en la memoria de un niño. Todo es grande y mejor. O pequeño y mejor. Durante muchísimos años, cometí el error de decir y contar, que aquello había sido una paliza a favor del equipo de la bahía. Años más tarde, buscando en las estadísticas, me he encontrado con un partido peleado hasta el final.
Vemos lo que queremos ver y como lo queremos ver. Siempre creí estar cerca de la verdad en esto de la memoria. Pero mi memoria ha demostrado que el verlo todo desde fuera, hace que distorsiones para bien lo que has observado.
Mejores pases y mayores yardas recorridas. Los 49ers eran muy buenos, pero no al nivel de aplastar a Theismann y compañía.

Los 49ers eran buenos y serían mejores en los años por venir. Gracias a Rice, Owens, Young y Hearst, entre tantos otros. Y gracias sobre todo a Joe Montana.
Joe Montana fue el jugador que me hizo voltear a ver la tv aquella primera vez. Su apellido extraño, y el nombre tan común, lo hacían perfecto para atraer miradas. Su figura descollante hacía el resto.
De aquellos San Francisco de los 80’s y 90’s hasta los de hoy, no existen casi similitudes. Los últimos años (hasta el año pasado) han traído la peor racha de su historia con mucha diferencia.

Pero algo ha cambiado con la llegada de Harbaugh a los 49ers. En su primera temporada como entrenador principal de un equipo profesional, aquel les ha imbuido a estos, de un espíritu y confianza que no tenían desde finales de los noventa.
El record de siete victorias y una derrota que ostentan hasta el momento, se basa en una defensiva que no deja actuar al contrario y que se muestra más sólida con cada partido que pasa.
La ofensiva no deja de ser cuidada, cautelosa y conservadora. Y tiene que ser así, ya que cuentan con un quarterback que hasta el año pasado era despreciado por la mayoría.
Hoy todos miran con especial atención a Alex Smith, esperando ser el primero en cantarle un error o en predecir su consagración. Porque va camino a lo segundo.
Por una extraña razón o sin razón, que permite que el mundo de vez en cuando se ponga patas arriba, está logrando que Alex Smith, sin arriesgar, esté llegando donde la mayoría solo sueña en llegar.

Es como si Harbaugh se reuniera todos los días con él y le hiciera recordar que a pesar de no ser un Manning o un Favre, tiene algo que mostrar y que aún no ha estallado del todo.
O tal vez también, el entrenador solo necesitó de una larga charla con Smith para hacerle entender que hace tiempo y sin darse cuenta, llegó al mejor equipo de todos. Al equipo que lideraron con maestría Montana y Young.
Entonces, algo debe de tener este Smith para haber llegado hasta aquí. Algún oro tiene que poseer o algún oro debe de buscar para haber llegado a San Francisco después de la fiebre del 49.
Y cualquier cosa que Harbaugh le haya dicho o le haya hecho creer al quarterback, está dando resultado. Y semana tras semana, vemos como aquel no se suelta de lo señalado por su entrenador.
No lo vemos improvisar nunca; y sí lo vemos repasar la muñequera con las jugadas indicadas, como si fueran hechas para el plagio de un examen. La más pequeña letra para contar la más grande historia. Eso está sucediendo en San Francisco en estos momentos.
Todos deberían prestar atención, como si fuera la gravedad o algo mejor, lo que nos atrajera o empujara a los partidos de los 49ers.
La historia continúa y continuó sucediendo el último fin de semana. Los rivales, de nuevo eran los Redskins de Washington. ¿Quiénes más podrían ser, si es que finalmente queríamos contar una bonita historia?

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