martes, 13 de diciembre de 2011

El año de Akers

Los 49ers son un rompecabezas inusual. Pues mientras más avanzas en él, más difícil se torna de completar. Pues mientras más piezas unes y juntas, más complicado se torna de terminar.
Los 49ers son un rompecabezas inusual. Un rompecabezas que se convierte en dos figuras completas y armadas, y en una más grande, que no se cohesiona, que no se pega y que no se une.
La defensiva está hecha y anda. Los equipos especiales y Akers están más que completos y aceitados. Y la ofensiva…bueno, ¿y la ofensiva?

Tenemos en ella a Smith, que pasa por su mejor año con diferencia. Contamos con Gore, que una vez más ha pasado la barrera de las mil yardas acarreadas en una temporada. Y tenemos a Crabtree. Corrijo: tal vez tengamos a Crabtree y tal vez no tengamos al resto. Aún no.
El juego ofensivo de San Francisco se ha vuelto demasiado monótono. Todas las piezas buscan unirse en el mismo orden en el cual fracasaron anteriormente.
Donde la mano del entrenador ha triunfado en juntar las partes de la defensiva, allí también ha fracasado en la formación ofensiva, y ha terminado por pegarse las manos y los dedos, antes de unir el juego de ataque en algo coherente y que funcione de verás.

Totalmente empantanados en las últimas yardas, han confiado en demasía en la destreza de Akers. Y lo mejor de ello, es que la destreza de Akers no los ha defraudado. ¿O será ello acaso, lo peor de todo?
Ayer, el pateador de los 49ers logró anotar su gol de campo número treinta y seis, siendo aquel, un record de temporada para el jugador de San Francisco.
Akers acaba de cumplir treinta y siete años, y tal vez este último año de su carrera sea el mejor de todos los que ha tenido.
Increíble, ¿no? Sí, tan increíble como que la ofensiva de los 49ers ocupa el lugar vigésimo sexto de treinta y dos equipos en total, a la hora de conseguir yardas.
Les digo algo más, hagamos con la mente algo mucho más radical y pretendamos sacar a Akers del equipo (somos Dios o Harbaugh en este momento) para poner a otro en su lugar (cualquier pateador decente) y la posición décimo segunda en puntos conseguidos se vería gravemente mellada.
Los 49ers son los campeones de su división, tienen un record de diez victorias en la temporada, pero su ofensiva aún no pega.

¿Faltan piezas o faltan combinaciones de las mismas en la ofensiva? ¿Magia? ¿Alguien dijo magia?
Jim Harbaugh ha logrado que este equipo despegue, lo que no ha logrado aún, es que este equipo vuele. Lo que vemos de aquel en este momento, es un impulso, un salto gigante, un “great leap forward”, pero aún no vemos el vuelo, la levitación, la magia.

Los Cardinals de Arizona se encargan de detener el avance del equipo de la bahía. De descubrir sus deficiencias en la defensiva.
Sí, existen. Sí, no son muchas; pero existen. Existen lo suficiente para perder un partido que parecía ganado. O que estaba casi ganado. O que estaba lo suficientemente asegurado y alejado en el marcador para ser siquiera luchado.
Y fue luchado. 21-19 a favor de Arizona. Tres touchdowns de los Cardinals contra uno solo de los 49ers. Sumemos luego los cuatro goles de campo de Akers.
¿Fue luchado entonces? ¿Podemos decir eso? Podemos decir demasiadas cosas de San Francisco. Porque mientras más lo analizamos y más piezas unimos a ese análisis, más nos damos cuenta que estamos armando muchas cosas a la vez y no una sola que esté unida del todo.
La ofensiva por un lado, la defensiva por el otro y Akers teniendo su mejor año.

La fotografía o el rompecabezas sabe ser más grande, solo que la imagen no suele ser tan profunda. Puede ser el mejor año de Akers, pero no es el mejor año de San Francisco.
Los 49ers no vuelan, ni levitan, como en los años ochenta o noventa. Solo dan grandes saltos; saltos gigantes. Desordenados, irregulares, humanos. Tal vez no sean los mejores saltos. De seguro no batirán records o llevarán al equipo a un Super Bowl. Pero serán lo suficientemente buenos para prestar atención. Y prestaremos atención. Y también en el transcurso, esperaremos.
Esperaremos que la ofensiva amalgame y se cemente. Esperaremos lo suficiente, para que el puzle se resuelva y se complete. Lo suficiente para intentar con un distinto orden. Tal vez el puente Golden Gate deje de unir Sausalito con uno de los lados de la ciudad y pase a apuntar al cielo, uniendo lo terreno y lo eterno. O tal vez sea el equipo de la ciudad, quien empiece a apuntar mejor el destino de los pases de su quarterback. Allí tal vez, en las manos de Crabtree y de Gore, empiece el cielo de San Francisco. Un cielo distinto. Un cielo más humano. Un mejor cielo.


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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Los 49ers se vuelven gigantes

La importancia de Frank Gore es pasible de ser medida. Pases recibidos, yardas avanzadas y touchdowns convertidos, son notas que no necesitan de mayores esfuerzos de explicación. Sí, la importancia de Frank Gore es medible. Esto es fútbol americano. Un juego lleno de estadísticas, y de un control compulsivo y al milímetro de las mismas.

La importancia de Frank Gore no es pasible de ser medida. El momentum e ímpetu que traen sus apariciones en el resto del equipo y en el contrario, se pierden al trazar la línea de la suma. Solo se prevén o presumen que son grandes sumas; muy, muy grandes.
Sí, la importancia de Frank Gore no es medible. Esto es fútbol americano. Un juego lleno de gestos imprevisibles, donde al humano se le permite ser humano hasta el último segundo.

El domingo pasado, Frank Gore es uno más en el campo, o uno menos en el mismo. En seis intentos por acarrear el balón, no logra avanzar una sola yarda. Y solo consigue ocho de ellas, al recibir un pase completo de Smith. Un poco más tarde, se va del campo lastimado. Seguramente, con muchas más heridas en su orgullo que lesiones en el cuerpo.

Sin el factor Gore, el juego se convierte en un ir y venir de ataques que culminan con ambos equipos convirtiendo goles de campo, en lugar de touchdowns.
Los New York Giants, al ser un equipo más ofensivo que el de San Francisco, van siempre más lejos en sus ambiciones que los 49ers; pero a su vez, son siempre detenidos en las últimas veinte yardas del campo.
El cuadro de la bahía es seguramente el mejor equipo defensivo del campeonato. San Francisco no ha permitido hasta el momento, un touchdown por acarreo en toda la temporada.
Harbaugh ha convertido el juego físico de sus dirigidos en algo extremadamente exacto y de rigor, donde al contrario no se le permite tener mayores alternativas a las ya conocidas, esto es: perder, perder y perder.
Aquí se hace importante la figura de Akers en San Francisco; el mismo que pateando de cerca o a distancia, se muestra casi infalible. Antes que los otros luzcan, Akers ha logrado cuatro goles de campo consecutivos y ha provocado a su vez, un robo de balón memorable, al patear en un saque de retorno hacia el costado del campo contrario.
El pateador, a sus 36 años, es el eslabón que completa la cadena. El lugar donde preferimos poner el candado para asegurar el resultado. San Francisco luego de volver del descanso se pone al frente del marcador con un 12 a 6.

Los Gigantes de Nueva York, reaccionan justo a tiempo para convertir el primer touchdown del partido casi al final del tercer cuarto.
Manningham es la extensión natural de los pases de Manning. Tal como los apellidos de ambos, el receptor es la continuación que su quarterback necesita para lograr la diferencia en Candlestick Park.
Alex Smith y compañía, aceptan el guantazo y el reto del visitante, arremetiendo con dos touchdowns y una conversión, en un lapso de poco más de un minuto.

San Francisco ha aprovechado una vez más los errores del rival. Los dirigidos por Harbaugh como tantas otras veces, logran con lo suficiente, volverse importantes.
Al frente tenían a un contrario con un quarterback excepcional, pero que cuenta en esa excepcionalidad, con la contradicción de muchos claros y oscuros en su haber.
Los 49ers apretaron los dientes y masticaron su bronca cuando les tocó aceptar los claros de Manning; y también se fueron encima y en contra del mismo cuando les tocó invadir y reinar sobre los tramos oscuros del quarterback de Nueva York.
27 a 20 es el marcador final en la bahía. Ocho victorias y una derrota para un equipo al cual nadie le auguraba mayor éxito en la temporada.
La sombra de los triunfos pasados de Montana y Young cae enorme sobre la tarde-noche de San Francisco, pero este humilde colectivo de jugadores está consiguiendo con su esfuerzo, lo que puede ser la mayor sorpresa en muchos años.
Ya le ganaron a los Gigantes de Nueva York, y el próximo partido es contra los Cardinals de Arizona. Tal vez para ese momento, los dirigidos por Harbaugh sean un poco menos sorpresa y un poco más gigantes en la opinión de su propia gente. Están a punto de merecerlo y solo a un punto de lograrlo en el marcador.


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viernes, 11 de noviembre de 2011

Los 49ers inician la remontada

En algún momento este equipo dejó de levitar, dejó de vencer a la gravedad. Dejó de ser aquel equipo que podía con todos en la temporada regular y podía con todos de vuelta en los playoffs. Nunca sabremos claramente cómo se quebró aquello. Y nunca sabremos cómo aquello se volvió a reparar.
Esta temporada tenía todos los ingredientes que se necesitan para un nuevo fracaso. El mismo mediocre quarterback de los dos anteriores años. Y casi el mismo equipo acompañándolo en sus desvaríos.
Para sumar a la comedia de errores que se esperaban, se contaba no solo con un nuevo entrenador, sino con un entrenador que debutaba profesionalmente en un puesto similar. Jim Harbaugh venía de hacer buenas temporadas en la Universidad de Stanford. Pero cualquiera que sepa algo de fútbol americano, sabe que las diferencias entre fútbol americano universitario y fútbol americano profesional, son casi tan grandes como las que se dan entre dos juegos enteramente distintos.
La tensión y presión en ambos vestuarios, son completamente contrarias, es como estar en dos atmosferas distintas, en dos planetas diferentes. Vencer la gravedad del vestuario de San Francisco, es simplemente triunfar sobre la gravedad y devorarse enteros a Newton y Einstein.

Mi primer acercamiento a este equipo legendario, fue algo así como la atracción o el empuje de todo un universo hacia la pantalla de televisión, y ocurrió cuando el apellido de uno de los jugadores de los 49ers me hizo voltear a observar un deporte que recién empezaba a entender a mis siete años de edad.
Y lo empezaba a entender, porque tenía que hacerlo. Habíamos migrado a mediados de los ochenta a la costa este de los Estados Unidos. A Rockville – Maryland, para ser más precisos. Y el deporte que dominaba los sueños de los chicos, más que ningún otro, era el fútbol americano.

A partir de la sacrificada y famosa huída de los Colts de la vecina Baltimore en aquel mismo año, el equipo que estaba llamado a llenar el vacío dejado en las vecindades del Distrito Federal era el de los Redskins de Washington.
Y aquellos lo pudieron haber llenado más que bien. Pudieron, porque los últimos dos años antes de nuestra llegada a Maryland, habían logrado ser campeones y subcampeones del Super Bowl. Pudieron, pero no lo hicieron. Al menos, no en mí.
En una ciudad como Rockville, que sabe más a suburbio que a ciudad, los sueños de los chicos tenían que ver siempre con el fútbol americano. Y los reyes de esos sueños pasarían a ser los Redskins, sin lugar a dudas.
En mi casa, aquello no era distinto. Padres e hijos, comenzaban a simpatizar con los pieles rojas de Washington (lo siguen haciendo). Padres e hijos, menos yo, que para ese momento ya era simpatizante e hincha de los 49ers.

Me hice simpatizante del equipo de San Francisco desde la primera vez que los vi por televisión. Para coincidencia mía y de la historia que cuento, esa primera vez sucedió en el segundo partido de la temporada regular. Sus rivales, eran claro, los Redskins de Washington.
Todo es magia en la memoria de un niño. Todo es grande y mejor. O pequeño y mejor. Durante muchísimos años, cometí el error de decir y contar, que aquello había sido una paliza a favor del equipo de la bahía. Años más tarde, buscando en las estadísticas, me he encontrado con un partido peleado hasta el final.
Vemos lo que queremos ver y como lo queremos ver. Siempre creí estar cerca de la verdad en esto de la memoria. Pero mi memoria ha demostrado que el verlo todo desde fuera, hace que distorsiones para bien lo que has observado.
Mejores pases y mayores yardas recorridas. Los 49ers eran muy buenos, pero no al nivel de aplastar a Theismann y compañía.

Los 49ers eran buenos y serían mejores en los años por venir. Gracias a Rice, Owens, Young y Hearst, entre tantos otros. Y gracias sobre todo a Joe Montana.
Joe Montana fue el jugador que me hizo voltear a ver la tv aquella primera vez. Su apellido extraño, y el nombre tan común, lo hacían perfecto para atraer miradas. Su figura descollante hacía el resto.
De aquellos San Francisco de los 80’s y 90’s hasta los de hoy, no existen casi similitudes. Los últimos años (hasta el año pasado) han traído la peor racha de su historia con mucha diferencia.

Pero algo ha cambiado con la llegada de Harbaugh a los 49ers. En su primera temporada como entrenador principal de un equipo profesional, aquel les ha imbuido a estos, de un espíritu y confianza que no tenían desde finales de los noventa.
El record de siete victorias y una derrota que ostentan hasta el momento, se basa en una defensiva que no deja actuar al contrario y que se muestra más sólida con cada partido que pasa.
La ofensiva no deja de ser cuidada, cautelosa y conservadora. Y tiene que ser así, ya que cuentan con un quarterback que hasta el año pasado era despreciado por la mayoría.
Hoy todos miran con especial atención a Alex Smith, esperando ser el primero en cantarle un error o en predecir su consagración. Porque va camino a lo segundo.
Por una extraña razón o sin razón, que permite que el mundo de vez en cuando se ponga patas arriba, está logrando que Alex Smith, sin arriesgar, esté llegando donde la mayoría solo sueña en llegar.

Es como si Harbaugh se reuniera todos los días con él y le hiciera recordar que a pesar de no ser un Manning o un Favre, tiene algo que mostrar y que aún no ha estallado del todo.
O tal vez también, el entrenador solo necesitó de una larga charla con Smith para hacerle entender que hace tiempo y sin darse cuenta, llegó al mejor equipo de todos. Al equipo que lideraron con maestría Montana y Young.
Entonces, algo debe de tener este Smith para haber llegado hasta aquí. Algún oro tiene que poseer o algún oro debe de buscar para haber llegado a San Francisco después de la fiebre del 49.
Y cualquier cosa que Harbaugh le haya dicho o le haya hecho creer al quarterback, está dando resultado. Y semana tras semana, vemos como aquel no se suelta de lo señalado por su entrenador.
No lo vemos improvisar nunca; y sí lo vemos repasar la muñequera con las jugadas indicadas, como si fueran hechas para el plagio de un examen. La más pequeña letra para contar la más grande historia. Eso está sucediendo en San Francisco en estos momentos.
Todos deberían prestar atención, como si fuera la gravedad o algo mejor, lo que nos atrajera o empujara a los partidos de los 49ers.
La historia continúa y continuó sucediendo el último fin de semana. Los rivales, de nuevo eran los Redskins de Washington. ¿Quiénes más podrían ser, si es que finalmente queríamos contar una bonita historia?

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